Los diez mitos principales de la guerra contra Libia

Todo lo que siempre quiso saber sobre Libia (… pero temía preguntar)

¿Una victoria del pueblo libio?

Por Maximilian C. Forte

Desde que el coronel Gadafi ha perdido su apoyo militar en la guerra contra la OTAN y los insurgentes/rebeldes/nuevo régimen, numerosos analistas han celebrado en la televisión el «éxito» de esta guerra. Consideran que es una «victoria del pueblo libio», y que todos debemos congratularnos. Otros proclaman la victoria de la «responsabilidad de proteger» y del «intervencionismo humanitario», y condenan a la «izquierda antiimperialista». Algunos de quienes se consideran «revolucionarios» o que creen respaldar a la «revolución árabe» de alguna manera ven posible soslayar el papel de la OTAN en la guerra y en su lugar ensalzan las virtudes democráticas de los insurgentes, glorificando su martirio y engrandeciendo su actuación hasta relegar todo lo demás a un segundo plano. Sin embargo, quisiera disentir de este círculo de aclamaciones y recordar a los lectores el papel de la manipulación que se ha hecho de la «verdad» con fines ideológicos y que se ha utilizado para justificar, permitir, impulsar y motivar la guerra contra Libia, además de poner de relieve hasta qué punto han resultado perjudiciales en la práctica esos mitos para los libios y para todos aquellos que propugnan la búsqueda de soluciones pacíficas y no militaristas.

Estos diez mitos principales constituyen algunos de los argumentos más reiterados por los insurgentes o por la OTAN, los líderes europeos, la administración de Obama, los grandes medios de comunicación e incluso el denominado «Tribunal Penal Internacional» (TPI), los principales actores que tienen voz en la guerra contra Libia. A su vez examinaremos algunas de las razones por las que es preferible considerar esos argumentos como folclore imperialista, como los mitos que sustentan al más grande de todos los mitos: el de que esta guerra constituye una «intervención humanitaria», diseñada para «proteger civiles». De nuevo, la importancia de estos mitos reside en que se reproducen por todas partes sin apenas ponerlos en duda y sus efectos son mortales. Asimismo, amenazan con distorsionar gravemente los ideales de los derechos humanos y su invocación en el futuro, además de contribuir a la militarización continua de la cultura y de la sociedad occidentales.

1. Genocidio.

Pocos días después de que comenzaran las protestas callejeras, el 21 de febrero, Ibrahim Dabbashi, el ayudante libio del Representante permanente de la ONU que desertó enseguida, declaró: “Cabe esperar un verdadero genocidio en Trípoli. Los aviones siguen llevando mercenarios a los aeropuertos”. Excelente. Un mito formado por otros mitos. Con esa declaración enlazó tres mitos claves entre sí: el papel de los aeropuertos (de ahí la necesidad de esa droga de iniciación para la intervención militar que fue la zona de exclusión aérea), el papel de los “mercenarios” (es decir, simplemente personas de raza negra) y la amenaza de “genocidio” (orientada hacia el lenguaje doctrinario de la ONU sobre la Responsabilidad de proteger). Dejando a un lado la torpeza y la total ausencia de fundamentos sobre los que basar dichas afirmaciones, actuó con inteligencia al ensamblar tres mitos desagradables, uno de ellos centrado en discursos y prácticas racistas que perdura hasta el día de hoy, de manera que cada día salen a la luz atrocidades nuevas cometidas contra libios negros e inmigrantes africanos. Pero no estaba solo cuando hizo esas afirmaciones. Entre otros como él, Soliman Bouchuiguir, presidente de la Liga Libia para los Derechos Humanos, dijo a Reuters el 14 de marzo que, si las fuerzas de Gadafi llegaban a Bengasi, “se produciría un verdadero baño de sangre, una masacre como la que vimos en Ruanda”. Y no fue esa la única ocasión en la que deliberadamente nos recordaron a Ruanda. También lo hizo el teniente general Roméo Dallaire, el venerado comandante de las fuerzas canadienses de la misión de paz de la ONU para Ruanda en 1994, en la actualidad nombrado senador del Parlamento canadiense y codirector del proyecto Will to Intervene (Voluntad de intervenir) de la Universidad de Concordia. Dallaire, en su juicio precipitado, no sólo hizo referencias repetidas a Ruanda cuando trataba de explicar lo de Libia, sino que decía que Gadafi «utilizó amenazas genocidas de ’limpiar Libia casa por casa’». Ésta es una de esas ocasiones en las que la atención selectiva a los excesos retóricos de Gadafi se ha tomado demasiado en serio, cuando otras veces los que mandan le quitan importancia rápidamente: el portavoz del Departamento de Estado de EE.UU., Mark Toner, hizo caso omiso de las supuestas amenazas de Gadafi contra Europa diciendo que el líder libio era «una persona dada a la retórica grandilocuente». Qué chocante resulta su tranquilidad y qué oportuno su comentario, porque el 23 de febrero el presidente Obama declaró que había dado instrucciones a su administración de buscar «un abanico completo de opciones» para actuar contra Gadafi.

Pero el término «genocidio» posee una definición legal internacional bien establecida, como hemos visto repetidamente en la Convención para la prevención y la sanción del delito de genocidio aprobada por la ONU en 1948, según la cual el genocidio implica la persecución de un «grupo nacional, étnico, racial o religioso». No toda la violencia es «genocida». La violencia mutuamente destructiva no es genocidio. Tampoco significa «gran cantidad de violencia» ni violencia indiscriminada contra la población civil. Lo que Dabbashi, Dallaire y otras personas no han hecho es identificar al grupo nacional, étnico, racial o religioso perseguido y las diferencias en esos términos entre dicho grupo y los que supuestamente cometen el genocidio. Sin duda deberían estar mejor informados (y lo están), uno como embajador en la ONU y el otro como archielogiado experto y conferenciante sobre genocidios. Esto apunta a que la fabricación del mito fue o bien deliberada o basada en prejuicios.

Sin embargo, lo que sí hizo la intervención militar extranjera fue permitir la actual violencia genocida que ha permanecido continuamente en un segundo plano hasta hace muy poco: la terrible violencia desatada contra los inmigrantes africanos y los libios negros exclusivamente por el color de su piel. Esos actos se han producido sin impedimentos, sin pedir disculpas y, hasta hace poco, pasando prácticamente inadvertidos. De hecho, los medios de comunicación incluso han contribuido al afirmar rápidamente sin pruebas que cualquier hombre negro capturado o asesinado debía de ser un «mercenario». Éste es el genocidio que han pasado por alto los blancos, el mundo occidental y quienes dominan la «conversación» sobre Libia (y no por casualidad).

2. Gadafi está «bombardeando a su propio pueblo».

Debemos recordar que uno de los motivos iniciales de la urgencia por imponer una zona de exclusión aérea fue evitar que Gadafi utilizara a la aviación para bombardear a «su propio pueblo», expresión característica que recuerda a la que se ensayó y probó para demonizar a Sadam Husein en Iraq. El 21 de febrero, cuando la oposición Libia emitió los primeros «avisos» alarmistas sobre «genocidio», tanto Al Jazeera como la BBC aseguraban que Gadafi había desplegado su aviación contra los manifestantes; según «informaba» la BBC: «Hay testigos que dicen haber visto aviones militares disparando sobre manifestantes en la ciudad». Sin embargo, el 1 de marzo, durante una conferencia de prensa en el Pentágono, ante la pregunta «¿Existen pruebas de que [Gadafi] haya disparado realmente contra su propio pueblo desde el aire? Existen informaciones al respecto, pero ¿poseen una confirmación independiente? De ser así, ¿hasta qué punto se han confirmado?». El secretario de Defensa estadounidense Robert Gates replicó: «Hemos visto las noticias en la prensa, pero no poseemos confirmación al respecto». El almirante Mullen le secundó: «Es cierto. No tenemos absolutamente ninguna confirmación».

De hecho, las aseveraciones de que Gadafi también utilizó helicópteros contra manifestantes desarmados eran totalmente infundadas, una pura invención basada en afirmaciones falsas. Se trata de un hecho importante, ya que era el dominio del espacio aéreo libio por parte de Gadafi lo que los intervencionistas extranjeros pretendían neutralizar y, por tanto, los mitos sobre las atrocidades cometidas desde el aire adquirían un valor adicional como punto de entrada para una intervención militar extranjera que ha superado con creces cualquier orden recibida de «proteger a los civiles».

Ya el 21 de marzo, David Kirpatrick, de The New York Times, confirmó que «los rebeldes no son fieles en absoluto a la verdad a la hora de elaborar su propaganda, atribuyéndose victorias bélicas inexistentes, asegurando que seguían luchando en una ciudad clave incluso días después de que ésta hubiera caído en manos de las fuerzas de Gadafi y realizando declaraciones enormemente exageradas acerca del bárbaro comportamiento de éste». Las «declaraciones enormemente exageradas» son lo que se ha convertido en parte del folclore imperialista que rodea a los acontecimientos de Libia en apoyo a la intervención de Occidente. Rara vez la clase periodística de Bengasi ha puesto en duda o contradicho a sus anfitriones.

3. Salvar Bengasi.

Mientras escribo este artículo, las fuerzas de la oposición libia marchan sobre Sirte y Sabha, los dos últimos bastiones que le quedaban al gobierno de Gadafi, con preocupantes advertencias a la población de que se rindieran o se atuvieran a las consecuencias. Aparentemente, Bengasi se ha convertido en una especie de «ciudad santa» en el discurso internacional dominado por los líderes de la Unión Europea y la OTAN. Bengasi era la única ciudad del planeta que no se podía tocar. Era como territorio sagrado. ¿Trípoli? ¿Sirte? ¿Sabha? Podían ser sacrificadas ante nuestros ojos sin que los que mandan protestaran un ápice, y eso mientras recibíamos los primeros informes de cómo la oposición ha asesinado a personas en Trípoli. Pero volvamos al mito de Bengasi.

«Si hubiéramos esperado un día más», dijo Barack Obama en su alocución del 28 de marzo, «Bengasi, una ciudad casi de la extensión de Charlotte, podría haber sufrido una masacre que hubiera retumbado en toda la región y caído sobre la conciencia del mundo». En una carta conjunta, Obama, el primer ministro británico David Cameron y el presidente francés Nicolas Sarkozy declararon: «Al responder de inmediato, nuestros países han detenido el avance de las fuerzas de Gadafi. Se ha evitado el baño de sangre que había prometido infligir a los habitantes de la ciudad sitiada de Bengasi. Se han protegido decenas de miles de vidas». No se trata sólo de que aviones franceses bombardearan una columna en retirada, lo que vimos fue un convoy muy reducido en el que había camiones y ambulancias y que claramente no podría haber destruido ni ocupado Bengasi.

Aparte de la «retórica grandilocuente» de Gadafi, que Estados Unidos rápidamente menospreció cuando le interesaba, hasta la fecha no existen pruebas de que Bengasi haya presenciado la pérdida de «decenas de miles» de vidas, como proclamaban Obama, Cameron y Sarkozy. Lo describió muy bien el profesor Alan J. Kuperman en «¿Falsa pretensión de guerra en Libia?»:

«La mejor prueba de que Gadafi no tenía previsto llevar a cabo un genocidio en Bengasi es que no lo cometió en las otras ciudades que había recuperado total o parcialmente, como Zawiya, Misrata y Ajdabiya, que juntas suman una población mayor que Bengasi (…). Los actos de Gadafi distaron mucho de lo sucedido en Ruanda, Darfur, Congo, Bosnia y otros lugares que han sido escenario de masacres (…). A pesar de que por todas partes hay teléfonos móviles equipados con cámaras y video, no existen pruebas gráficas de una masacre deliberada (…). Y Gadafi tampoco ha amenazado jamás con cometer una masacre de civiles en Bengasi, como decía Obama. El aviso del 17 de marzo de que actuaría ‘sin piedad’ se dirigía únicamente a los rebeldes, como reflejaba The New York Times, diario que señalaba que el líder libio prometió amnistía para ’quienes arrojaran las armas’. Gadafi incluso ofreció a los rebeldes una vía de escape y una frontera abierta hacia Egipto para evitar una lucha ‘hasta el final’».

La amarga ironía es que las pruebas que existen de masacres cometidas por ambos bandos se encuentran ahora en Trípoli en estos días, meses después de que la OTAN impusiera sus medidas militares «para salvar vidas». Cada vez hay más noticias de asesinatos de represalia, incluida la matanza a gran escala de libios negros y de inmigrantes africanos por parte de las fuerzas rebeldes. Otra triste ironía: en Bengasi, ciudad que desde hace meses permanece en poder de los insurgentes, bastante tiempo después de la expulsión de las fuerzas de Gadafi, ni siquiera así se ha evitado la violencia: allí también se ha informado de la existencia de asesinatos de represalia (en el apartado 6 figuran más datos al respecto).

4. Mercenarios africanos.

Patrick Cockburn ha resumido la utilidad funcional del mito del «mercenario africano» y el contexto en el que surgió: «Desde febrero, los insurgentes, a menudo apoyados por potencias extranjeras, afirmaban que la batalla se estaba librando entre Gadafi y su familia por un lado y el pueblo libio por otro. Su explicación para la existencia de un contingente tan grande pro Gadafi era que todos eran mercenarios, procedentes sobre todo del África negra, cuya única motivación era el dinero». Según indica, se exhibió a prisioneros negros ante los medios de comunicación (lo cual vulnera la Convención de Ginebra), pero Amnistía Internacional descubrió más tarde que todos los prisioneros habían sido supuestamente liberados, ya que ninguno de ellos era combatiente, sino que se trataba de trabajadores indocumentados de Mali, Chad y África occidental. Este mito era útil para la oposición al insistir en que ésta era una guerra entre «Gadafi y el pueblo libio», como si no hubiera contado con el más mínimo respaldo en el país, lo cual constituye una absoluta invención tan monumental que sólo un niño pequeño sería capaz de creer un relato tan fantasioso. Este mito también es de utilidad para consolidar la ruptura buscada entre «la nueva Libia» y el panafricanismo con el fin de realinear a Libia con Europa y con el «mundo moderno», proceso que explícitamente desean algunos miembros de la oposición.

El mito del «mercenario africano», tal como se ha puesto en práctica, de una manera mortífera y racista, es un hecho que paradójicamente se ha documentado y omitido a un tiempo. Hace meses publiqué una amplia revisión sobre el papel que han desempeñado los grandes medios de comunicación, encabezados por Al Jazeera, así como la semilla que han difundido los medios sociales a la hora de crear el mito del mercenario africano. Entre las excepciones a la norma de vilipendiar a los africanos subsaharianos y a los libios negros se encuentran los medios que han documentado las agresiones a estos colectivos, como Los Angeles Times, Human Rights Watch, que no encontró prueba alguna de la presencia de mercenarios en el este de Libia (lo cual contradice totalmente las afirmaciones supuestamente fidedignas de Al Arabiya y The Telegraph, por no hablar de otras como TIME y The Guardian). Desviándose extrañamente de la propaganda que Al Jazeera y sus periodistas han contribuido activamente a difundir sobre la amenaza que representaban los mercenarios negros, esta cadena realizó un único reportaje acerca del robo, asesinato y secuestro de ciudadanos negros en el este de Libia (ahora que la CBS, Channel 4 y otros medios se están haciendo eco de ese racismo, Al Jazeera está tratando ambiguamente de mostrar cierto interés). Por último, cada vez existe un mayor reconocimiento de estos casos de colaboración entre los medios de comunicación para la difamación racista de las víctimas civiles de los insurgentes; véase FAIR: «El New York Times señala ’implicaciones racistas’ en la desinformación sobre Libia que ha contribuido a difundir».

Los ataques y asesinatos racistas de libios negros y de africanos subsaharianos siguen presentes. Patrick Cockburn y Kim Sengupta hablan del reciente descubrimiento de un amasijo de «cuerpos en descomposición pertenecientes a 30 hombres, casi todos ellos negros y muchos de ellos esposados, asesinados mientras yacían en una camilla e incluso dentro de una ambulancia en el centro de Trípoli». Es más, aunque muestre un vídeo con cientos de cadáveres en el hospital de Abu Salim, la BBC no se atreve a comentar el hecho de que la mayoría de ellos son claramente de raza negra, e incluso se pregunta quién puede haberlos asesinado. Pero esta pregunta no se la formulan las fuerzas contrarias a Gadafi entrevistadas por Sengupta: «’Pase y vea. Son negros, africanos, contratados por Gadafi, mercenarios’, gritó Ahmed Bin Sabri, abriendo la tienda para mostrar el cadáver de un paciente muerto, con su camiseta gris manchada de rojo oscuro por la sangre y la vía de suero que tenía en el brazo ennegrecida por las moscas. ¿Por qué ejecutar a un herido que recibe tratamiento?». Informes recientes revelan la existencia de insurgentes que participan en una limpieza étnica contra los libios negros en Tawergha y que se autodenominan «brigada para limpiar de esclavos, piel negra», prometiendo que en la «nueva Libia» las personas negras de Tawergha serían excluidas de la asistencia sanitaria y de las escuelas en la vecina Misrata, de donde los libios negros ya han sido expulsados por los insurgentes. Actualmente, según informa Human Rights Watch: «Los libios y los africanos subsaharianos de piel oscura se enfrentan a un riesgo especial porque las fuerzas rebeldes y otros grupos armados a menudo les han considerado mercenarios favorables a Gadafi procedentes de otros países africanos. Hemos visto ataques violentos y asesinatos de estas personas en lugares bajo control del Consejo Nacional de Transición». Amnistía Internacional también acaba de publicar un informe sobre la detención desproporcionada de africanos negros en la localidad de Az-Zawiya, controlada por los rebeldes, así como de agresiones a trabajadores agrícolas inmigrantes desarmados. Los informes se siguen acumulando mientras escribimos estas líneas, y otros grupos defensores de los derechos humanos están encontrando pruebas de la persecución de trabajadores inmigrantes africanos subsaharianos por parte de los insurgentes. Como ha declarado recientemente Jean Ping, presidente de la Unión Africana: «El CNT parece confundir a los negros con mercenarios. Todos los negros son mercenarios. Si así fuera, significaría que un tercio de la población de Libia, que es negra, también serían mercenarios. Están asesinando a personas, trabajadores normales, agrediéndoles». El lector encontrará más información en la lista de informes recientes que he recopilado.

El mito del «mercenario africano» sigue siendo uno de los más crueles de todos, y además el más racista. Incluso en los últimos días, diarios como el Boston Globe, de manera acrítica y sin reservas, muestra fotografías de víctimas negras o de detenidos negros afirmando de inmediato que debe de tratarse de mercenarios, a pesar de no existir pruebas que lo confirmen. Por el contrario, generalmente se afirma de manera despreocupada que «se sabe que Gadafi» ha reclutado a africanos de otros países en el pasado, sin molestarse siquiera en averiguar si quienes aparecen en las fotos son libios negros. El linchamiento de libios negros y de trabajadores inmigrantes subsaharianos ha sido continuo, y no ha recibido ninguna muestra ni siquiera nominal de preocupación por parte de Estados Unidos y de los países miembros de la OTAN, y tampoco ha despertado el interés del denominado «Tribunal Penal Internacional». Existen tan pocas posibilidades de que se haga algo de justicia con las víctimas como de que alguien ponga freno a estos execrables crímenes que claramente constituyen un caso de limpieza étnica. Sólo ahora los medios de comunicación empiezan a ser más conscientes de la necesidad de informar sobre estos crímenes, después de haberles restado importancia durante meses.

5. Violaciones masivas con Viagra.

Los supuestos crímenes y violaciones de los derechos humanos del régimen de Gadafi son tan terribles que cabe preguntarse por qué habría que inventarse historias como la de que los soldados de Gadafi, con erecciones conseguidas mediante el consumo de Viagra, se irían de juerga a cometer violaciones. Tal vez nos la hayan vendido porque es la clase de historia que «cautiva la imaginación de públicos traumatizados». Esta historia se ha tomado tan en serio que hubo quien empezó a escribir a Pfizer para que dejara de vender Viagra a Libia, ya que su producto supuestamente se utilizaba como arma de guerra. Sin embargo, otras personas que deberían estar mejor informadas se mostraron dispuestas a desinformar deliberadamente al público internacional.

El primer relato sobre la Viagra lo difundió Al Jazeera en colaboración con sus aliados rebeldes, al amparo del régimen catarí que financia a esa cadena. De ahí se redistribuyó prácticamente a todos los demás grandes medios de comunicación occidentales.

Luis Moreno-Ocampo, fiscal jefe del Tribunal Penal Internacional, compareció ante los medios de comunicación del mundo para decir que había «pruebas» de que Gadafi distribuía Viagra entre sus tropas para «incrementar la posibilidad de violar» y que Gadafi ordenó la violación de cientos de mujeres. Moreno-Ocampo insistió: «Estamos recibiendo información acerca de que el propio Gadafi ha decidido cometer violaciones» y «se nos ha informado de que en Libia existía la política de violar a quienes estuvieran en contra del gobierno». También exclamó que la Viagra es “como un machete”, y que «es un instrumento de violación masiva».

En unas alarmantes declaraciones ante el Consejo de Seguridad de la ONU, la embajadora estadounidense Susan Rice aseguró también que Gadafi estaba proporcionando Viagra a sus soldados para fomentar las violaciones masivas. Sin embargo, no mostró prueba alguna que respaldara sus acusaciones. De hecho, fuentes militares y de espionaje estadounidenses contradijeron categóricamente a Rice, declarando a NBC News que «no existían pruebas de que las fuerzas militares libias estuvieran recibiendo Viagra y participando en la violación sistemática de mujeres en las zonas rebeldes». Rice es intervencionista liberal, y fue una de las personas que persuadió a Obama para entrar en Libia. Utilizó este mito porque le ayudaba a demostrar ante la ONU que no existía «equivalencia moral» entre las violaciones de los derechos humanos cometidas por Gadafi y las de los insurgentes.

 Asimismo, la secretaria de Estado estadounidense, Hillary Clinton, declaró: «Las fuerzas de seguridad de Gadafi y otros grupos de la región están tratando de dividir al pueblo utilizando la violencia contra las mujeres y las violaciones como instrumentos de guerra, y Estados Unidos condena estos hechos mostrando el mayor de los rechazos». Añadió que se sentía «enormemente preocupada» por estas noticias de «violaciones a gran escala». (Hasta ahora no ha dicho nada acerca de los linchamientos racistas que han llevado a cabo los rebeldes).

El 10 de junio, Cherif Bassiouni, que encabeza la investigación de la ONU sobre derechos humanos en torno a la situación en Libia, indicó que este asunto de la Viagra y de las violaciones masivas era parte de una “histeria de masas«. De hecho, en esta guerra ambos bandos han cruzado acusaciones de este tipo contra el otro. Bassiouni habló también a la prensa sobre el caso de»una mujer que decía haber enviado 70.000 cuestionarios y recibido 60.000 respuestas, de las cuales 259 comunicaban algún abuso sexual«. Sin embargo, aunque los equipos de Bassiouni pidieron esos cuestionarios, jamás los recibieron:»Pero ella va por ahí contándoselo a todo el mundo (…), de manera que ha hecho llegar esa información a Ocampo, y éste está convencido de que puede haber 259 mujeres que hayan respondido al hecho de haber sido objeto de abusos sexuales«, comenta Bassiouni. Ha señalado también que»no parece creíble que esa mujer fuera capaz de enviar 70.000 cuestionarios en marzo, cuando el servicio postal no funcionaba«. De hecho, el equipo de Bassiouni»descubrió sólo cuatro supuestos casos«de violación y abuso sexual:»¿Podemos extraer la conclusión de que existe una política sistemática de violaciones? En mi opinión, no«. Aparte de la ONU, Donatella Rovera, de Amnistía Internacional, declaró en una entrevista al diario francés Libération que Amnistía»no había encontrado casos de violación (…). No sólo no hemos visto a ninguna víctima, sino que tampoco hemos visto a personas que conozcan a víctimas. Por lo que respecta a las cajas de Viagra que supuestamente distribuyó Gadafi, se encontraron intactas cerca de tanques que estaban completamente carbonizados”.

Sin embargo, esto no ha impedido que ciertos fabricantes de noticias traten de mantener las acusaciones de violación, aunque modificadas. La BBC aportó su granito de arena tan sólo unos días después de que Bassiouni humillara al TPI y a los medios de comunicación: ahora la BBC denuncia que las víctimas de violaciones en Libia han sido objeto de «crímenes de honor». Esto es algo nuevo para los pocos libios que conozco, que jamás han oído hablar de crímenes de honor en su propio país. La bibliografía especializada sobre Libia revela poco o nada acerca de este fenómeno en ese país. El mito de los crímenes de honor resulta útil para mantener el apoyo vital a la acusación de violaciones masivas: sugiere que las mujeres no saldrían a declararlas y a aportar pruebas por vergüenza. Por otra parte, pocos días después de las declaraciones de Bassiouni, insurgentes libios, en colaboración con la CNN, hicieron un intento desesperado por salvar las acusaciones de violación: mostraron un teléfono móvil con el vídeo de una violación, afirmando que pertenecía a un soldado progubernamental. Los hombres que aparecen en dicho vídeo llevan vestimenta civil. No hay indicios sobre el uso de Viagra. El vídeo tampoco tiene fecha, y no tenemos idea de quién lo grabó ni de dónde. Quienes entregaron el teléfono móvil aseguraban que existían muchos otros vídeos, pero que habían sido convenientemente destruidos para preservar el «honor» de las víctimas.

6. La responsabilidad de proteger (Responsibility to Protect, R2P).

Una vez hecha la afirmación —como hemos visto, errónea— de que Libia se enfrentaba a un «genocidio» inminente a manos de las fuerzas de Gadafi, a las potencias occidentales les resultó más sencillo invocar la doctrina de la ONU en 2005 de la responsabilidad de proteger. Entretanto, no queda claro en absoluto si cuando el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la resolución 1973 la violencia en Libia había alcanzado siquiera las cotas vistas en Egipto, Siria y Yemen. El estribillo más utilizado contra quienes han criticado la selectividad de este supuesto «intervencionismo humanitario» es que precisamente el que Occidente no pueda intervenir en todas partes no significa que no deba intervenir en Libia. Tal vez sea así…, pero eso sigue sin explicar por qué fue Libia el objetivo elegido. Ésta es una cuestión esencial, porque algunas de las primeras críticas hacia la R2P que se oyeron en la ONU planteaban los problemas de la selectividad, de quién tomaba las decisiones, de por qué algunas crisis dirigidas hacia civiles (por ejemplo, Gaza) se desarrollaban entre la indiferencia general, mientras que otras recibían la máxima atención, y de si la R2P iba a ser la nueva hoja de parra con la que ocultar una geopolítica hegemónica.

Aquí el mito estriba en que la intervención militar extranjera estuvo motivada por razones humanitarias. Para que funcione el mito hay que omitir deliberadamente al menos tres realidades claves. Requiere olvidar la nueva carrera por apoderarse de África, donde los intereses chinos se ven como contrarios a los de Occidente en cuanto al acceso a recursos e influencia política, algo que el AFRICOM trata de combatir. Gadafi se enfrentó al intento del AFRICOM de instalar bases militares en África. Desde entonces, el AFRICOM ha pasado a participar directamente en la intervención contra Libia, y específicamente en la «Operación Amanecer de la Odisea». Horace Campbell ha argumentado que «la participación estadounidense en el bombardeo de Libia se está convirtiendo en una artimaña de relaciones públicas para el AFRICOM» y en una «oportunidad de dar credibilidad al AFRICOM bajo la fachada de la intervención en Libia». Por otra parte, el poder y la influencia de Gadafi en el continente también han ido en aumento a través de ayudas, inversiones y una serie de proyectos diseñados para reducir la dependencia africana de Occidente y enfrentarse a las instituciones multilaterales de Occidente mediante el fomento de la unidad africana, lo cual le ha convertido en enemigo de los intereses estadounidenses. En segundo lugar, hay que hacer caso omiso no sólo de la ansiedad de los intereses petroleros occidentales por el «nacionalismo de recursos» de Gadafi (que amenazaba con recuperar lo que habían conseguido las compañías petroleras), ansiedad que ahora se manifiesta claramente en la carrera de las empresas europeas por entrar en Libia y hacerse con el botín de la victoria, sino que también hay que dejar a un lado el recelo hacia lo que Gadafi estaba haciendo con los ingresos procedentes del petróleo para fomentar una mayor independencia económica en África y por respaldar históricamente los movimientos de liberación nacional que se enfrentaban a la hegemonía de Occidente. Otra cuestión que habría que omitir es el temor por parte de Washington de que Estados Unidos pierda el control de los acontecimientos en la denominada «revolución árabe». Sumar todas estas realidades y conjugarlas con preocupaciones «humanitarias» ambiguas y parciales para después concluir que sí, que los derechos humanos han sido lo más importante, parece algo totalmente inviable y nada convincente, especialmente a la vista del atroz historial de la OTAN y de las violaciones de los derechos humanos que ha cometido Estados Unidos en Afganistán, Irak y, anteriormente, en Kosovo y Serbia. La perspectiva humanitaria simplemente no es creíble, ni siquiera mínimamente lógica.

Si la R2P se contempla como algo basado en la hipocresía moral y en la contradicción (lo cual ha quedado ahora meridianamente claro), en el futuro resultará mucho más difícil gritar que viene el lobo y esperar que escuchen con respeto. Éste es especialmente el caso, dado que la intervención militar ha ido precedida de escasas acciones en el terreno de la diplomacia y de la negociación pacífica: aunque Obama haya sido acusado por algunos de haber reaccionado con lentitud, en realidad lo que hizo fue precipitarse hacia una guerra a un ritmo que superó con creces al de Bush con la invasión de Irak. No sólo sabemos gracias a la Unión Africana cómo se obstaculizaron los esfuerzos de esta organización por emprender una transición pacífica, sino que Dennis Kucinich revela también haber recibido informes sobre la existencia de un acuerdo de paz al alcance de la mano que luego sería «rechazado automáticamente por las autoridades del Departamento de Estado». Estas contravenciones de la doctrina de la R2P son absolutamente trascendentales, y demuestran cómo utilizar estos ideales para unas prácticas que implican un camino apresurado hacia la guerra, una guerra dirigida a lograr un cambio de régimen (lo que en sí constituye una violación de las leyes internacionales).

A nadie sorprende ya que esa R2P ha servido como mito justificador que a menudo ha conseguido lo contrario de lo que supuestamente pretendía. No estoy hablando aquí siquiera del papel de Qatar y de los Emiratos Árabes Unidos en el bombardeo de Libia y en la ayuda a los insurgentes, aunque estos países hayan respaldado la intervención militar saudí para aplastar las protestas prodemocráticas en Bahréin, ni el feo velo con el que se ha cubierto una intervención encabezada por gente similar a esos quebrantadores invulnerables de los derechos humanos que han cometido crímenes de guerra con impunidad en Kosovo, Irak y Afganistán. Mi planteamiento se circunscribe a cuestiones como los casos documentados en los que la OTAN no sólo no ha querido proteger a los civiles libios, sino que incluso deliberada y conscientemente les han atacado de una manera que según la definición oficial de la mayoría de los gobiernos occidentales sería constitutiva de terrorismo.

La OTAN ha admitido haber atacado deliberadamente las instalaciones de la televisión estatal de Libia, matando a tres periodistas civiles en una acción condenada por las asociaciones internacionales de periodistas como un incumplimiento directo de una resolución del Consejo de Seguridad de 2006 por la que se prohibían los ataques a periodistas. Un helicóptero Apache estadounidense (repitiendo los horribles asesinatos que aparecen en el vídeo «Asesinato colateral») disparó sobre civiles en la plaza central de Zawiya, matando al hermano del ministro de información, entre otros. Interpretando de manera bastante liberal lo que constituyen «instalaciones de mando y control», la OTAN atacó una zona residencial civil, provocando la muerte de varios miembros de la familia de Gadafi, incluidos tres de sus nietos. Como para preservar el mito de «proteger a los civiles» y la contradicción irracional que supone una «guerra por los derechos humanos», los principales medios informativos a menudo guardaban silencio acerca de las muertes de civiles que han causado los bombardeos de la OTAN. La R2P se ha vuelto invisible para la población civil atacada por la OTAN.

En cuanto al fracaso a la hora de proteger a los civiles —de una manera que en realidad constituye un crimen internacional—, disponemos de numerosos informes acerca de barcos de la OTAN que hacían oídos sordos en el Mediterráneo a las peticiones de auxilio de los barcos de refugiados que huían de Libia. En mayo, 61 refugiados africanos murieron en una sola embarcación, a pesar de haber entrado en contacto con navíos pertenecientes a estados miembros de la OTAN. Esa misma situación se repitió a primeros de agosto, cuando decenas de personas murieron en otro barco. De hecho, desde el inicio de la guerra, al menos 1.500 refugiados que huían de Libia han muerto en el mar ante los ojos de la OTAN. Se trataba en su mayor parte de subsaharianos, y han muerto en cifras varias veces superiores a las víctimas producidas en Bengasi durante las protestas. Para estas personas, la R2P no existía en absoluto.

La OTAN ha adoptado un peculiar giro terminológico para Libia, diseñado para absolver a los rebeldes de cualquier papel en la comisión de delitos contra la población civil y del abandono de su supuesta responsabilidad de proteger. Durante la guerra, los portavoces de la OTAN y de los gobiernos estadounidenses y europeos han mostrado invariablemente todas las acciones de las tropas de Gadafi como «amenazas para la población civil», aunque se tratara de acciones defensivas o de combate contra oponentes armados. Por ejemplo, esta semana el portavoz de la OTAN, Roland Lavoie, «parecía tener dificultades para explicar cómo los ataques de la OTAN protegían a los civiles a estas alturas del conflicto. Interrogado sobre el comunicado de la OTAN según el cual esta organización había alcanzado 22 vehículos armados el lunes cerca de Sirte, fue incapaz de decir qué clase de amenaza representaban estos vehículos para la población civil, o si se hallaban en movimiento o estacionados».

Al proteger a los rebeldes al mismo tiempo que hablaban de proteger a los civiles, quedaba claro que la OTAN pretendía que consideráramos a los oponentes armados de Gadafi como meros civiles. Curiosamente, en Afganistán, donde la OTAN y EE.UU. financian, entrenan y arman al régimen de Karzai para atacar «a su propio pueblo» (al igual que en Paquistán), los oponentes armados son etiquetados sistemáticamente como «terroristas» o «insurgentes», aunque la mayoría de ellos sean civiles que jamás han pertenecido a ningún ejército regular oficial. En Afganistán son insurgentes, y sus muertes a manos de la OTAN se cuentan aparte de las víctimas civiles. Sin embargo, por arte de magia, en Libia son todos «civiles». En respuesta al anuncio del voto a favor de la intervención militar por parte del Consejo de Seguridad de la ONU, un traductor voluntario para periodistas occidentales en Trípoli hizo esta crucial observación: «Son civiles armados, ¿y quieren protegerles? Debe de ser una broma. Nosotros somos los civiles. ¿Qué pasa con nosotros?».

La OTAN ha proporcionado un escudo a los insurgentes de Libia para castigar a los civiles desarmados en las zonas que han ido ocupando. En estos casos no ha habido el más mínimo indicio de «responsabilidad de proteger». La OTAN ayudó a los rebeldes a despojar a Trípoli de suministros, sometiendo a su población civil a un asedio que les privó de agua, alimentos, medicinas y combustible. Cuando Gadafi fue acusado de hacer eso mismo en Misrata, los medios de comunicación internacionales se apresuraron a calificarlo como crimen de guerra. Salvar Misrata, matar a Trípoli: independientemente de cómo queramos denominar a esta «lógica», la palabra humanitaria no es una opción aceptable. Dejando a un lado los crímenes documentados de los insurgentes contra los libios negros y los trabajadores inmigrantes africanos, según Human Rights Watch (Observatorio de los Derechos Humanos), los insurgentes también han participado en acciones de «saqueo, incendio y agresiones a civiles en [cuatro] ciudades capturadas recientemente en el oeste de Libia». Hasta este mes de mayo The New York Times no ha informado sobre los asesinatos de represalia en Bengasi, ciudad que lleva ya meses en poder de los insurgentes, y Amnistía Internacional lo ha hecho a finales de junio culpando de ello a los insurgentes del Consejo Nacional de Transición. ¿Responsabilidad de proteger? Esta expresión no merece ahora sino grandes carcajadas de burla.

7. Gadafi: el Demonio.

Dependiendo de cuál sea nuestro punto de vista, Gadafi puede ser un heroico revolucionario —y, por tanto, su demonización por parte de Occidente es extrema—, o bien se trata de un hombre malo de verdad, en cuyo caso la demonización es innecesaria y absurda. El mito aquí es que la historia del mandato de Gadafi ha estado marcada únicamente por las atrocidades: es un hombre realmente malvado, sin ninguna cualidad positiva, y cualquier persona acusada de ser «defensor de Gadafi» debería en cierto modo sentirse más avergonzado que quienes respaldan abiertamente a la OTAN. Se trata de un absolutismo binario de la peor especie: prácticamente nadie ha considerado la posibilidad de que no se pueda defender ni a Gadafi, ni a los insurgentes, ni a la OTAN. A todo el mundo se le ha empujado hacia uno de esos terrenos, sin excepción alguna. Esto ha desembocado en un falso debate dominado por fanáticos de uno u otro bando. Pero lo que se ha perdido en esa discusión es el reconocimiento de lo obvio: por más que Gadafi haya «compartido cama» con Occidente durante la última década, su ejército estaba ahora luchando contra una invasión de su país dirigida por la OTAN.

La otra consecuencia ha sido el empobrecimiento de la conciencia histórica y la degradación del reconocimiento de todo el historial de Gadafi. Esto contribuiría a explicar por qué algunas personas no se apresuran a condenar y a repudiar a este hombre (sin recurrir a una caricaturización grosera y pueril de sus motivaciones). A pesar de que incluso Glenn Greenwald siente que debe introducir el comentario de «Ningún ser humano decente podría albergar la más mínima simpatía por Gadafi», he conocido seres humanos decentes en Nicaragua, Trinidad, Dominica y entre los mohawks de Montreal que aprecian considerablemente el apoyo de Gadafi, por no hablar del respaldo que ha brindado éste a diversos movimientos de liberación nacional, incluida la lucha contra el apartheid en Sudáfrica. El régimen de Gadafi posee numerosas vertientes: unas las ven sus oponentes nacionales, otras los receptores de su ayuda, y otras provocan la sonrisa de gente como Silvio Berlusconi, Nicolas Sarkozy, Condoleeza Rice, Hillary Clinton y Barack Obama. Hay muchas facetas y todas son reales al mismo tiempo. Hay quien se niega a «repudiar» a Gadafi, a «pedir disculpas» por su amistad hacia él, al margen de lo desagradable, indecente y embarazoso que ello le pueda resultar ante otros «progresistas». Es necesario respetar esta postura y dejar a un lado la actual campaña de acoso y violencia colectiva que reduce una serie de opiniones a una infantil acusación: «estás defendiendo a un dictador». Sin embargo, irónicamente, defendemos a muchos dictadores con nuestros propios impuestos, y normalmente no pedimos disculpas por ello.

Por lo que respecta al largo historial de Gadafi, que debería resistir a una reducción simplista y revisionista, a algunas personas les puede interesar saber que, incluso ahora, el sitio web del Departamento de Estado estadounidense sobre Libia nos sigue dirigiendo a un estudio de la Biblioteca del Congreso sobre ese país donde se recogen algunas de las numerosas mejoras en cuanto a bienestar social que ha introducido el gobierno de Gadafi a lo largo de los años en las áreas de asistencia sanitaria, vivienda pública y enseñanza. Asimismo, los libios poseen el mayor índice de alfabetización de África (véase PNUD, pág. 171), y Libia es la única nación del África continental con una puntuación «alta» en el Índice de Desarrollo Humano del PNUD. Incluso la BBC ha reconocido estos logros:

«Las mujeres en Libia son libres de trabajar y de vestir como deseen, dentro de los límites que establezca su familia. La esperanza de vida llega a la setentena, y su renta per cápita (aunque no sea tan elevada como cabría esperar dada la riqueza petrolera de Libia y su población relativamente reducida de 6,5 millones de habitantes) se calcula en torno a 12.000 USD (9.000 libras esterlinas), según el Banco Mundial. El analfabetismo está prácticamente erradicado, al igual que la falta de vivienda, problema crónico en la época anterior a Gadafi, cuando numerosos núcleos urbanos aparecían salpicados de chabolas de hierro corrugado por todo el país».

Así pues, si defendemos la asistencia sanitaria, ¿significa eso que defendamos a una dictadura? Y si «el dictador» financia viviendas públicas y pensiones asistenciales, ¿nos limitamos a borrar esos datos de nuestra memoria?

8. Luchadores por la libertad: los ángeles.

El complemento a la demonización de Gadafi ha sido la angelización de los «rebeldes». Mi propósito aquí no es contrarrestar el mito por inversión y ponerme a demonizar a todos los oponentes de Gadafi, que tienen numerosas quejas graves y legítimas, y que en gran medida han sufrido más de lo que podían soportar. Por el contrario, lo que me interesa es cómo «nosotros», los que estamos en el Atlántico Norte de la ecuación, les construimos de una manera adecuada a nuestra intervención. Un modo habitual de hacerlo, que se ha reiterado de diversas formas a lo largo de una serie de medios de comunicación y desde los portavoces del gobierno estadounidense, puede verse en este retrato de los rebeldes que hace el New York Times como «profesionales con mentalidad laica (abogados, académicos, hombres de negocios) que hablan de democracia, transparencia, derechos humanos y legalidad». El listado de profesiones que resultan familiares a una clase media estadounidense que los respeta tiene por objeto inspirar un sentimiento común de identificación entre los lectores y la oposición Libia, especialmente si recordamos que es en el bando de Gadafi donde habitan las fuerzas de la Oscuridad: las principales «profesiones» que encontramos allí son las de torturador, terrorista y mercenario africano.

Durante muchas semanas ha sido prácticamente imposible introducir a periodistas en el Consejo Nacional de Transición en Bengasi para empezar siquiera a facilitar una descripción de quienes formaban el movimiento contrario a Gadafi, si se trataba de una organización o de varios grupos, cuáles eran sus pretensiones, etcétera. El sutil Leitmotiv de los comunicados era que la rebelión era totalmente espontánea e indígena, lo cual quizás sea cierto en parte, aunque también puede tratarse de una simplificación excesiva. Entre los informes que han complicado considerablemente la situación se encuentran los que hablan sobre los vínculos de la CIA con los insurgentes (para más información, véase esto, esto, esto y aquello); otros destacaban el papel de la Fundación Nacional para la Democracia, del Instituto Republicano Internacional, del Instituto Democrático Nacional y de USAID (1), que llevan actuando en Libia desde 2005; los que examinaban la actuación de diversos grupos de expatriados; y los informes sobre el papel activo de las milicias «islamistas radicales» inmersas en el colectivo de la insurgencia en general, donde se apuntan ciertas conexiones con Al Qaeda.

Algunas personas sienten la necesidad imperiosa de ponerse del lado de «los buenos», especialmente dado que ni Irak ni Afganistán proporcionan esa sensación de reivindicación justa. Los estadounidenses quieren que el mundo les vea como benefactores, como seres no sólo indispensables, sino también irreprochables. Su máxima aspiración es ser vistos como redimiendo los pecados que han cometido en Irak y en Afganistán. Se trata de un momento especial en el que el malo puede volver a ser el otro sin peligro. Un mundo seguro para los Estados Unidos de América es un mundo inseguro para el mal. Eso es. Desfiles con banda de música, majorettes, Anderson Cooper (2) y confeti.

9. Victoria para el pueblo libio.

Decir que el giro actual que se ha producido en Libia representa una victoria para que el pueblo libio pueda tomar las riendas de su propio destino es, en el mejor de los casos, una simplificación excesiva que enmascara toda la serie de intereses que han entrado juego desde el principio a la hora de dar forma y decidir el curso de los acontecimientos sobre el terreno, además de omitir el hecho de que durante buena parte de la guerra Gadafi disponía de una sólida base de apoyo popular. Ya el 25 de febrero, tan sólo una semana después de iniciarse las primeras protestas callejeras, Nicolas Sarkozy había decidido que Gadafi «se tenía que ir». El 28 de febrero, David Cameron empezó a trabajar en una propuesta de zona de exclusión aérea, declaraciones y decisiones que se realizaron sin ningún intento de recurrir al diálogo o a la diplomacia. El 30 de marzo, The New York Times informó de que durante «varias semanas» hubo agentes de la CIA trabajando en el interior de Libia —lo que tal vez signifique que llevaban ahí desde mediados de febrero, es decir cuando comenzaron las protestas—, y posteriormente se les sumaron dentro del país «decenas de fuerzas especiales británicas y de agentes del MI6». El NYT señaló también en el mismo artículo que «varias semanas» antes (de nuevo, en torno a mediados de febrero), el presidente Obama por su cuenta «firmó un documento secreto autorizando a la CIA a proporcionar armamento y otro apoyo a los rebeldes libios», donde la expresión «otro apoyo» incluía una serie de posibles «acciones encubiertas». USAID ya había desplazado un equipo hasta Libia a primeros de marzo. A finales de marzo, Obama declaró públicamente que el objetivo consistía en derrocar a Gadafi. Empleando unos términos terriblemente sospechosos, «un alto cargo estadounidense afirmó que la administración esperaba que el levantamiento libio evolucionara ’orgánicamente’, como los de Túnez y Egipto, sin ayuda de intervención extranjera», lo cual suena exactamente a la clase de declaración que se hace cuando algo comienza de una manera no «orgánica» y cuando los sucesos de Libia se consideran marcados por una posible falta de legitimidad en comparación con los de Túnez y Egipto. Ya el 14 de marzo, Abdel Hafeez Goga, miembro del CNT, declaró: «Somos capaces de controlar toda Libia, pero sólo una vez impuesta la zona de exclusión aérea», lo cual sigue sin haber sucedido seis meses después.

En los últimos días también ha salido a la luz que aquello a lo que los líderes rebeldes juraron oponerse («botas extranjeras sobre el territorio») es de hecho una realidad confirmada por la OTAN: «Tropas especiales procedentes del Reino Unido, Francia, Jordania y Qatar desplazadas a territorio libio han incrementado sus operaciones en Trípoli y en otras ciudades durante los últimos días para ayudar a las fuerzas rebeldes en su avance final contra el régimen de Gadafi». Éste y otros resúmenes muestran sólo superficialmente el alcance de la ayuda externa que se ha facilitado a los rebeldes. El mito aquí es el del rebelde nacionalista y autosuficiente impulsado íntegramente por el respaldo popular.

Por el momento, los defensores de la guerra están proclamando que la intervención ha sido «un éxito». Cabe destacar que hubo otro caso en el que un ataque aéreo lanzado para apoyar sobre el terreno a milicias armadas locales con la ayuda de agentes militares estadounidenses encubiertos también logró con éxito derrocar otro régimen, y con mucha mayor rapidez. Ese país era Afganistán. Todo un éxito.

10. Derrota para «la Izquierda».

Como reviviendo el estilo de los artículos que condenaban a la «izquierda» a raíz de las protestas contra las elecciones iraníes en 2009 (véanse, por ejemplo, los artículos de opinión de Hamid Dabashi y Slavoj Žižek), la guerra de Libia parece haber brindado de nuevo la ocasión de atacar a la izquierda, como si esto fuera la prioridad número uno, como si «la izquierda» fuera el problema a abordar. En este sentido hay varios artículos que muestran diverso grado de deterioro intelectual y político escritos por Juan Cole (véanse algunas de las respuestas que recibió: «El caso del profesor Juan Cole», «Carta abierta al profesor Juan Cole: respuesta a una calumnia», «El profesor Cole ’responde’ a WSWS acerca de Libia: un reconocimiento de bancarrota intelectual y política»), Gilbert Achcar (y especialmente éste), Immanuel Wallerstein y Helena Sheehan, la cual parece haber llegado a algunas de sus conclusiones más críticas en el aeropuerto al final de la primera visita que ha hecho en su vida a Trípoli.

Parece existir cierta confusión en cuanto a papeles e identidades. No existe una izquierda homogénea ni hay acuerdo ideológico entre los antiimperialistas (que incluyen a conservadores y libertarios entre anarquistas y marxistas). Tampoco la «izquierda antiimperialista» se hallaba en posición de hacer verdadero daño sobre el terreno, como sucede con los protagonistas reales. Existían escasas posibilidades de que los antiintervencionistas influyeran en la política exterior, que tomó forma en Washington antes de que se publicara cualquier crítica seria contra la intervención. Estos puntos indican que al menos algunas de las críticas están motivadas por intereses ajenos a Libia y que en el fondo incluso tienen poco que ver con este país. La acusación más frecuente es que la izquierda antiimperialista está algo así como mimando a un dictador. El argumento esgrimido es que esto se basa en un análisis defectuoso; al criticar la postura de Hugo Chávez, Wallerstein dice que su análisis es profundamente erróneo y, entre otros argumentos críticos, dice lo siguiente: «El segundo punto que le falta al análisis de Hugo Chávez es que no se va a producir ninguna intervención militar importante por parte del mundo occidental en Libia» (sí, léanlo de nuevo). De hecho, muchos de los argumentos lanzados contra la izquierda antiintervencionista se hacen eco o reproducen íntegramente los principales mitos que acabamos de desmantelar, que les hacen errar en sus análisis geopolíticos casi al completo y que tienden hacia una política centrada en parte en la personalidad y en los acontecimientos del día. Esto también nos muestra la enorme pobreza de una política basada principalmente en ideas simplistas y partidistas sobre los «derechos humanos» y la «protección» (véase la crítica de Richard Falk), y el éxito del nuevo humanismo militar a la hora de desviar las energías de la izquierda. Además, persiste una pregunta: si se acusa a quienes se oponen a la intervención de proporcionar escudo moral a una «dictadura» (como si el imperialismo no fuera en sí una dictadura a escala mundial), ¿qué pasa con esos humanitarios que han respaldado el ascenso de militantes xenófobos y racistas que, según tantos relatos, están inmersos en una limpieza étnica? ¿Significa esto que los prointervencionistas son racistas? ¿Plantean siquiera objeciones a ese racismo? Hasta el momento no he oído más que silencio entre esos círculos.

El objetivo al atacar al hombre de paja antiimperialista consiste en enmascarar un intento de doblegar a los disidentes contra una guerra innecesaria que ha prolongado e incrementado el sufrimiento humano, ha favorecido a corporaciones de la guerra, empresas multinacionales y neoliberales, ha destruido la legitimidad de instituciones multilaterales que antes se habían comprometido abiertamente con la paz en las relaciones internacionales, ha vulnerado el derecho internacional y los derechos humanos, ha presenciado el auge de la violencia racista, ha facultado al estado imperialista para justificar su expansión continua, ha incumplido la legislación nacional y ha reducido el discurso humanitario a un amasijo de consignas simplistas, impulsos reaccionarios y políticas formulistas que anteponen la guerra como primera opción. ¿De verdad es la izquierda el problema?


(1) N. de la t.: USAID es la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo internacional, organismo encargado de proporcionar ayuda no militar en el extranjero.
(2) N. de la t.: Anderson Cooper es un locutor estrella de los noticiarios estadounidenses que se deja ver con frecuencia en actos benéficos.

Maximilian Forte es profesor adjunto del Departamento de Sociología y Antropología de la Universidad Concordia de Montreal, Canadá. Su sitio web se encuentra en http://openanthropology.org/, al igual que sus artículos anteriores en torno a Libia y a otros aspectos del imperialismo.

Fuente: Counterpunch

Fecha de publicación original: 31/08/2011

Traducción: Ana Atienza

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