El valor absoluto del hombre

La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases; pobres contra ricos. La moderna sociedad burguesa, que ha surgido del seno de la sociedad feudal perecida, no ha abolido las contradicciones de clase. Ella sólo ha creado nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas formas de lucha, en lugar de las antiguas. Toda la sociedad va dividiéndose cada vez más en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases, que se enfrentan directamente: la burguesía y el pueblo pobre y excluido.

El valor de cambio no impera solamente en el dominio de la producción de mercancías, sino que se extiende al mismo ser humano, que pasa a ser apreciado de acuerdo, no con el valor absoluto, sino según el valor de cambio que aplicado al individuo humano, significa el grado en que se diferencia de los demás. De esta forma, al  medir por tal rasero el valor del hombre, se convierte la vida del individuo humano en medio de vida de otro y se olvida de la humanidad en nosotros mismos. Es sentir en lo más íntimo del corazón el verdadero amor a la humanidad y comprender con lo más íntimo de la mente que sólo en una verdadera sociedad socialista, en una comunidad armónicamente organizada, puede desenvolverse en su mayor plenitud el individuo. Porque hoy, con el sistema capitalista, tenemos individuos hipertrofiados junto a individuos atrofiados; porque es tal la presión anárquico-capitalista, que se alimentan los unos de la ruina de los otros. La cuestión social es, sobre todo, cuestión de consumo, es no sólo que uno se muera de inanición lenta, de hambre entretenida, mientras otro muere de indigestión, es más, es que el uno se indigeste para que el otro no coma humanamente y llegue a hacerlo trabajar. El valor de cambio aplicado al hombre es consecuencia del régimen capitalista de producción que nos gobierna.

El capitalista dice, no hay mercado para todos, sobran productores o faltan consumidores. No faltan consumidores porque hay millones de personas deseosas de consumir. Lo importante es que la producción no se dirige a la satisfacción de necesidades, sino a la extracción de plusvalía, con lo cual muestra que el modo de producción capitalista, lejos de marchar hacia  una armonización de intereses, sostiene y reproduce el enfrentamiento entre las clases antagónicas. Se trata, más bien, de que hay una clase que posee los medios de producción, lo cual le permite ejercer una hegemonía en todos los niveles (político, jurídico, etc.), y hay otra clase, la vendedora de fuerza de trabajo, que está sometida a la anterior.

El sistema es lo que hay que transformar, pero el sistema no es nada ajeno a sus componentes, es decir, a las clases que lo integran. Todo esto, que es moneda corriente en el capitalismo, se olvida a cada paso cuando se presentan objeciones al socialismo, no conociéndolo sino por los “opinadores de oficio” que a través de la Radio, la Televisión y artículos de periódico nada más, y sin base alguna de conocimientos económico-sociales. Y para esto lo que hace falta es estudiar hechos y no masturbarse la mollera con verbologías y logomaquías retóricas.

De esta forma, se percibe efectivamente el antagonismo que el capitalismo conlleva entre las clases sociales, por tanto excluye a los trabajadores de los beneficios y los mantiene en la pobreza, pero, a la vez, ese antagonismo puede quedar diluido en una integración que puede darse desde el individuo mismo. Donde al suministrarle un crédito y asesoría, cuente para empezar a vivir por su cuenta y de su trabajo, con un capital previo de medios de producción, las diferencias se reducirán a las diferencias de capacidad y laboriosidad, diferencias que, son mucho menores de lo que se cree, y serían menores aún si no las acrecentara la actual constitución social y la educación.

Esto es de suma importancia, pues, si se reconoce que el hombre es el conjunto de relaciones sociales, se confiesa que cambiar al hombre es cambiar no sólo su conciencia, o sus creencias, o su código moral, sino que es modificar el complejo de relaciones en que consiste el hombre. Para comprobar esta ausencia basta atender a la distinción entre valor de cambio y valor intrínsico, y a la aplicación de estas nociones al hombre mismo, aplicadas estas categorías al hombre, lo convierten en mercancía. Se comprende, que hay patronos que se creen amos de trabajadores que, compadecidos de las consecuencias de la concurrencia de brazos y de la ley férrea del salario, desearían, cuando temen que sus trabajadores puedan declararse en huelga, que los ametrallen para libertar a los que sucumbieran del peso de la vida y acabar con sus penalidades, porque muerto el perro se acabó la rabia y todo rigor les parece poco para con ellos, y disminuir para los sobrevivientes la concurrencia de vivos.

No se debe ceder mientras no depongan las manos; quienes por haber poseído siglos enteros el poder no entiendan que no hay razón ni fundamento para seguir poseyéndolo tanto tiempo y no persiste hoy, ya qué, el pueblo tomó conciencia de su destino. Y, por ello mismo, los hombres medidos con él no ofrecerían sino diferencias insignificantes, diferencias cualitativas, como la de que, por ejemplo, uno fuera más apto  para la música y el otro para la química. El deber de todo hombre razonable es abrirse a la gracia del progreso y no empeñarse neciamente en retardar su obra. El nervio, el verdadero nervio de esa actividad que se ha desplegado en nuestro país estriba en la repartición de la riqueza, donde tres o cuatro potentados en un pueblo de gentes empobrecidas y esclavas (ricos que se duermen en su riqueza más que suficiente y pobres amodorrados en su pobreza). Nunca hemos podido entender eso como no signifique la remisión a las relaciones entre el pueblo y los principios de moralidad que se consignan para las relaciones entre los individuos. Pero hoy las cosas llevan facha de cambiar y de cambiar demasiado bruscamente.

Una idea o un sentimiento nuevo cuestan fatiga el que se formen en el cerebro del pueblo, porque tienen que abrirse paso y tal vez contra las ideas y los sentimientos ya existentes. Por esto somos íntimamente conservadores, y a menudo, cuando han cambiado las cosas en torno nuestro, seguimos considerándolas con las ideas que teníamos acerca de nuestro estado precedente, y no las creemos diversas, así cuando nos formamos una cierta idea de un fenómeno dado, mantenemos aquella idea durante largo tiempo, después de haber cambiado totalmente el fenómeno: lo vemos como era en un  principio, aunque sea del todo diverso.

La desviación que ven algunos en el socialismo no es más que una ilusión óptica, o mala vista, o ganas de hablar.

“Es necesario permanecer fieles a nosotros mismos y a nuestro Proceso, no es fácil, las tareas son tremendas, los enemigos son innumerables, debemos dedicar tiempo y atención a las experiencias pasadas que nos sirvan para el futuro”.

¡Pa’lante Comandante! Lucharemos, Viviremos y Venceremos.

Hasta la victoria siempre y Patria socialista.

 

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